CUANDO LLEGA LA NOCHE


Llega la noche, el silencio, la oscuridad. No hay estímulos que interfieran. Los sentidos están en modo “reposo”. No se ve, no se oye, el olor es neutro o familiar, el de todas las noches. El tacto de tus sábanas, de tu edredón, de tu manta te permite estar en un estado de supuesta relajación, y es entonces cuando ella, tu “querida mente”, empieza a hablar.

Al principio la escuchas con interés porque crees que no lo has hecho durante todo el día y que merece tu atención.

Te empieza haciendo un resumen del día. De con quién has hablado, de las actividades que has hecho, de lo que has visto, de lo que has sentido, de lo que te has reído, de lo que te has preocupado. Poco a poco va invadiendo todo ese espacio oscuro y silencioso y te dejas llevar.

Sin apenas darte cuenta empieza con el juicio. Aquello que has hecho mal, lo que podrías haber hecho mejor, lo que no tendrías que haber hecho, o dicho, o pensado.

La sensación de reposo empieza a desaparecer. Cambias de lado, estiras las piernas, las encojes, vuelves a cambiar de lado. Quieres que pare, pero ya es tarde, se ha apoderado de ti.

Y tras el juicio, el remordimiento. Tras el remordimiento, el propósito de enmienda y finalmente, la exigencia.

Mañana será distinto. Corregiré los “errores”. Mediré mis palabras, mis actos. Cumpliré mis propósitos. Me levantaré antes, aprovecharé más el tiempo, iré al gimnasio, terminaré el libro, llamaré a “fulanita o a menganito”, no desayunaré churros, beberé más agua…..

Cuando te das cuenta han pasado ya dos horas desde que te acostaste. El supuesto “estado de reposo” se ha transformado en “estado de excitación” y ya no hay quién se duerma.

Es tal el número de latigazos que has recibido por parte de tu mente en un par de horas que te duele el cuerpo entero y ya no sabes qué posición escoger: de lado, bocarriba, bocabajo…

La exigencia, querida exigencia. La exigencia se disfraza de amiga. Te da consejos, te dice como ser feliz. En el fondo la temes, pero crees que no llegarás a nada sin ella. Y sí que llegas a alguna parte, al médico de cabecera pidiendo algún tratamiento para la ansiedad porque tu amiga “te tiene de los nervios”.

Reconocerla no es fácil, y etiquetarla tampoco. Para algunos es el motor de su vida y para otros la soga que no les deja respirar, pero aun así no se deshacen de ella porque a pesar del daño, ella nos tiene engañada. “Soy tu amiga, la que te hará crecer, la que te hará triunfar, la que te hará competir y luchar por aquello que deseas alcanzar”.

Es complicado acabar con esto porque así nos movemos, así se mueve la sociedad en la que vivimos.

¿Una solución? No la tengo, yo soy una seguidora más de esta “falsa aliada” que todos tenemos. ¿Un remedio paliativo que haga esta relación más llevadera? Aprende a reconocerla y después, escucha más a tu cuerpo y menos a tu mente. El sí es tu amigo, el sí te conoce y, sobre todo, el sí sabe lo que necesitas. ¡¡Practica!!

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