Cada vez creo menos en lo que me cuentan. En el dicen que han
dicho. En el cuentan que dicen. En el “mira que ha pasado”. En el “alucina lo que
han dicho”.
Siento que todo está manipulado. Ni siquiera es subjetivo,
eso puedo entenderlo. No. La mayoría de las veces manipulado. A conciencia.
Para justificar algo. Para justificarlo todo.
Justifica la avaricia, la envidia, el afán de poder que
sustituye el interés por aprender. Los complejos disfrazados de prepotencia. Las
decisiones que tomamos buscando complacencia.
Ya no creo en las afirmaciones sin discusión que esconden la
falta de conocimiento. Porque el que sabe de algo siempre duda y esas dudas las
incluye en su discurso.
Un discurso con dudas es un discurso sincero.
Ya no creo en las explicaciones llenas de reproches hacia el
otro, no por inciertas, puede que haya algo de verdad en ellas, pero prefiero
escucharte decir lo que es tuyo, lo que viene de ti, lo que tiene que ver
contigo. Es más sincero.
¿Qué nos queda entonces si vivimos rodeados casi todo el
tiempo de “dimes y diretes”?
A mí me queda tu mirada. Tus dudas. Tu vulnerabilidad.
Me queda lo que siento al escucharte. Lo que en mi resuena.
Lo que en mi despiertas.
Me quedas tú. Lo que sientes y cómo te sientes.
Me quedan tus dudas que son las mías seguramente.
Me queda el entender que cada uno de nosotr@s luchamos por
mostrar la cara amable de nuestro ser y que a veces es a costa de mostrar la
cara oscura del otro.
No avanzamos si no hay reconocimiento de nuestra polaridad.
Somos “buenos” y “malos” al mismo tiempo. Se trata de supervivencia. A partir
de ahí, miremos al que tenemos al lado o enfrente. Él o ella también lucha por
sobrevivir.
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